La antropización progresiva del paisaje es un fenómeno inherente a la civilización; en la medida que ocupamos territorio, convertimos lo natural en un medio humanizado y configuramos un sistema cada vez más especializado de “domesticación” del espacio; acostumbramos nuestra percepción del espacio a asumir la presencia de nuevos elementos, diseñamos el entrono según lo que se requiere, en base a la técnica y los materiales que se disponen y se le da forma acorde a la función. Como civilización se ha logrado reproducir en el entorno lo que existe en el imaginario colectivo, en el registro psíquico humano; construimos sueños, deseos, anhelos, hacemos del entorno un concepto cada vez más elaborado, distintivo y repleto de contenidos de todo tipo, así son definidos dentro del entender de la arquitectura, la ingeniería, del urbanismo, de la sociología, de la antropología, del paisaje.

Algunas intervenciones en el entorno hacen saltar la alarma, la afectación en el paisaje, en el medio urbano y el impacto negativo, son algunos factores susceptibles de intervención práctica y de reflexión; pero más allá de la incidencia negativa (salvo casos graves) está el poder enigmático que ciertos elementos ejercen en la psiquis del colectivo y que son capaces de captar la atención, haciendo referencia al elemento antropizador como objeto de culto, impacto visual, peso y materia, a través del cual entender la posible existencia de otra dimensión del espacio que ocupan.

Es la dimensión del lugar que ocupan, el espacio creado por semejantes estructuras que se abren a paso largo sobre el territorio, variando forma, altura, textura, material, enmarcando lugares, estableciendo un diálogo ambiguo, contradictorio, paradójico con el paisaje y el entorno urbano.

Caminos de la velocidad, cicatrices de la tierra, arterias del territorio… (Nos detenemos aquí, si, en las arterias) Sobre ”las arterias” es posible que Lynch, con razón, acusara de “inadecuada” las analogías referidas al cuerpo y lo orgánico con la ciudad y sus elementos, pero si bien las ciudades están hechas a partir de un conglomerado de partes, factores, elementos (como bien expone Lynch, en muchos casos inclasificables e indefinibles) elaboradas desde los distintos campos del pensamiento, de la ejecución y planificación en todo el diámetro de nuestro quehacer, es obvio (con perdón) que se recurra de forma tan elemental a establecer semejantes analogías en el entender del entorno construido -a pesar de ser inanimado- como un ente complejo, tanto como un organismo vivo; en esta línea, Eliel Saarinen, entre un destacado grupo de expertos afines a la ecología urbana, entendía la ciudad como un complejo orgánico desde donde las ideas sobre la arquitectura y el urbanismo tenían un enfoque muy cercano a la naturaleza, visión orgánica, desde donde la comprensión del entorno tenía un carácter más “sensible”, ahora muy necesario para reflexionar en el campo del paisaje, aunque nos tilden de vagos o artistas…

Volviendo a los caminos de la velocidad y sobre los millones de kilómetros de asfalto que le dan paso a las ruedas de los motores, es interesante encontrarse con una visión paralela al caos, desde donde se produce la exaltación del objeto más que objeto en si mismo, un elemento capaz de establecer la “narrativa del paisaje”; a partir de aquí se podrían apartar todos los calificativos que se ha ganado tal objeto pues desde la “narrativa” las infraestructuras viarias acusan también una dimensión onírica, surrealista, aunque en la ciudad -paisaje urbano- y en el paisaje natural constituyan la paradoja de la contemporaneidad… Artefacto estático del ajetreo veloz, es posible creer en un potencial enorme de integración.
«En nuestra cultura han surgido algunos sentimientos comunes, como la atracción por los paisajes parecidos a los parques y por las ciudades pequeñas. Pero nos encontramos con apabullantes complicaciones. Estas preferencias son un producto complejo de muchos factores personales y físicos, en los cuales el significado simbólico de un sitio puede ser mucho más importante que su adecuación real». Lynch, Kevin. La buena forma de la ciudad.
Éstas imágenes exaltarían los ánimos de Le Corbusier…
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