Esos espacios vacuos

Este espacio vacuo. Un bodegón: todo calculado, los árboles, los postes, las jardineras… pero, ¿dónde están las personas? Fuente: archivo personal.

Esos espacios vacuos tienen algo, un «je ne sais pas» que descoloca al tiempo que encanta. Esto último por el vértigo que produce sentirse desconectado de la realidad, de la ciudad. ¿Es que acaso estos lugares no son parte de la ciudad? Son partes de la ciudad que parecen islas relegadas a determinados usos, espacios en los que el planificador dispuso que otras actividades no eran posibles. ¿Os habéis fijado en la capacidad de atracción de personas que tiene un centro comercial, pero fuera, en su entorno, casi no hay personas por las calles? Algunas edificaciones de este tipo se cierran en sí mismas, aniquilando la relación con el contexto y con las personas.

Y es que los espacios no son neutrales, aunque alardeen de simetría, de volúmenes y de una calculada disposición de la vegetación y del mobiliario urbano, si la suma de estos no invita a las personas a permanecer bajo un árbol, departir con otras personas, interactuar con el espacio, todo esfuerzo se reduce a un escenario de utilería. En esto último tampoco hay neutralidad.

Hacer ciudad no es hacer un biscocho, pero los buenos espacios tienen de especial que se diseñaron siguiendo la receta (una buena) al pie de la letra. En ellas hay una serie de elementos que por regla deben estar presentes, como la harina y los huevos para el biscocho, y las personas y la diversidad de usos para los espacios públicos. Las calles son espacios de cuatro dimensiones, que son visuales a la vez que formales: la calzada, la acera, la fachada que corresponde a los bajos de los edificios que son el plano vertical de primer nivel visual, y un poco más arriba la fachada que continúa en un plano visual superior. Estos cuatro elementos están interrelacionados, aunque cada uno puede ser independiente en un sistema aislado. Cada elemento incide en la calidad del espacio y condiciona sus cualidades según cómo sean sus medidas, sus formas, colores y también por las actividades que allí se desarrollan.

Una calle con bajos permeables, cuyos usos ofrecen una variedad de servicios, con aceras amplias y arboladas, donde caminar es agradable a la sobra y donde se vislumbran zonas de estancia con bancos, una calle de tráfico calmado (igual preferimos una calle peatonal), donde las personas pueden hablar sin gritarse. No es un sueño, estos espacios son posibles, y de hecho existen. Pero nos hemos acostumbrado a un paisaje urbano conflictivo, con coches aparcados por todas partes, con aceras estrechas y sin árboles, habituados a espacios que sirven sólo al paso de un punto a otro. Vamos de paso por la ciudad, ajenos a su ritmo, a su verdadero contenido, que se mantiene oculto detrás del bullicio del tráfico de autos y de sus cornetas… y lo peor, acostumbrados al silencio vacuo de espacios sin sustancia social.

En los años 60 del siglo pasado Jane Jacobs se quejó mucho de esos espacios vacuos, a voz, con megáfono, en prensa y en un famoso libro titulado «Muerte y vida de las grande ciudades». En su libro retrató con simpleza las anécdotas de la vida en la ciudad y describió, con el detalle que puede ofrecer una afinada observadora, todos los problemas que surgían en vecindarios diseñados con la racionalidad que caracterizó el urbanismo moderno. Su aguda crítica se hizo eco en movilizaciones y campañas que hicieron ver al ciudadano de a pie que el diseño de la ciudad es intencional y que muchos problemas sociales se cocinan con más facilidad en espacios mal diseñados. Es decir, que además de factores sociales hay una receta urbana para la inseguridad, la depresión y los accidentes.

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Sociabilidad, usos y actividades, confort y apariencia, nexos y vínculos… Así retrata «Project for Public Spaces» un espacio ideal. El espacio público es un sistema complejo, digamos que equiparable a un organismo, una unidad que también está formada por varios órganos interdependientes. Hay diversos elementos y factores que determinan que un espacio sea agradable y lleno de vida, confortable, seguro y activo; algunos elementos son tangible y otros intangibles. Es difícil cuantificar la incidencia de esos elementos intangibles, y sin embargo tienen tanto peso en la calidad de un espacio como hacer que tenga vida, con las personas, claro.

Sabrina Gaudino Di Meo