Esa cosa llamada automóvil

Comprobar que el automóvil es omnipresente (el Dios máquina): la cosa se sube al tejado. Fuente: archivo personal

La palabra mata la cosa, decía Lacan sobre el simbolismo del lenguaje. Si nos remontamos al mundo griego nos encontramos con la ausencia de términos específicos para referir acciones; muchas cosas aún no se mataban. Por ejemplo, ellos no conocían el término «crear» y en cambio utilizaban «hacer» para referirse al acto creador. A medida que se creaban nuevas cosas, en función de nuevas actividades y necesidades, también se creaban palabras para denominarlas y así se ha desarrollado el universo lingüístico y de los símbolos. Las palabras dan reconocimiento a los objetos aunque estos no estén presentes. Ese simbolismo que penetró nuestras mentes a través del lenguaje permite que podamos percibir cualquier cosa que tenga un nombre aunque no la tengamos delante. ¿Abstracto? Automóvil es palabra, símbolo de la era de la máquina, de la velocidad, de nuestra contemporaneidad; nos define más de lo que creemos. Basta con asomarse a la ventana y comprobar el espacio que ocupa esa cosa en la ciudad y cómo condiciona la vida, el espacio público, el ecosistema, el tiempo y la salud.

Las ciudades modernas se han planificado para el automóvil. Esa cosa que ocupa el 80% de la calle tiene para su beneficio el ancho, el largo y el aire que respiramos (contaminado). Las aceras para el peatón se reducen a incómodos pasadizos, como queriendo llevarnos rápidamente a nuestros destinos sin posibilidad de estancia ni pataleo. Hay automóviles por todas partes; donde podría estar plantado un árbol hay una plaza de parking, y mucha gente lo prefiere así (lamentable). La cultura del automóvil ha insensibilizado, ha convertido en norma la dependencia de la máquina reduciéndonos a hipotecarios de un reducto del espacio público y en contribuyentes de la contaminación.

Del nivel 0 al tejado, los autos también suben al tejado. Fuente: archivo personal

Del nivel 0 al +cielo, los autos también suben al tejado. Fuente: archivo personal

La presencia de esa cosa es tangible e intangible, lo hace con una tremenda prepotencia que se filtra allí donde los valores cojean. Esa cosa llamada automóvil es la representación de un imaginario complejo que revela cuestiones sobre el estatus, la individualidad, la libertad y las formas de producción y consumo. Ninguna exenta de contradicciones y apegos. Forma parte de la vida contemporánea, tanto más que el sofá frente a la TV; dentro del automóvil se pueden pasar horas. La dependencia del automóvil trasciende la movilidad, acapara salarios y tiempo de mantenimiento. Claro, dirán, hay que cuidar ese cajón con ruedas que te lleva y te trae la libertad con velocidad, ese pequeño espacio conquistado de la individualidad. ¿Hay algo más perverso en esto de la simbología del automóvil? Esa cosa está por todas partes, no conforme con ocupar la calle se sube también a los tejados; la palabra automóvil no puede vivir mucho más en el imaginario urbano.

Sabrina Gaudino Di Meo