El derecho al juego en la ciudad

Artículo que escribí para el blog de Arquitasa. Al final del texto encontrarán el link para leer el artículo completo.


Hablar del juego nos remite a la infancia, a la manifestación de la libertad y la espontaneidad, elementos esenciales para el crecimiento y la socialización, por lo que es consecuente que ésta práctica aluda al espacio exterior más próximo donde se debe desarrollar: el espacio público. La ciudad, la calle y la plaza son el soporte de nuestras actividades, el lugar donde se produce todo el complejo social. No en vano la relación entre el juego y la calle tiene una connotación antropológica que hunde sus raíces en la gestación de las sociedades y las diversas formas culturales. «La cultura no surge del juego, sino que se desarrolla en el juego y como juego» [1]

 Niños juegan en una fuente, lugar habitualmente restringido. Alameda Central, Ciudad de México. Fuente: Archivo personal.


Niños juegan en una fuente, lugar habitualmente restringido. Alameda Central, Ciudad de México.Fuente: Archivo personal.

Según el filósofo e historiador Johan Huizinga, el juego cumple una función biológica y dentro de una comunidad es un vector para la socialización y la conexión de las personas, lo que viene determinado como una función cultural. El psicopedagogo Francesco Tonucci, investigador y activista en la protección de la infancia, argumenta que el mejor indicativo de que una ciudad se ha recuperado es que los niños puedan jugar en sus calles [2]. Una ciudad amable es aquella donde los niños pueden jugar en las calles.

En base a los datos aportados por UNICEF en el informe «Estado Mundial de la Infancia 2012» [3], para el año 2025 la población urbana infantil en el mundo será del 63%; considerando que la población mundial infantil es mayoritariamente urbana cabe plantearse el papel de las ciudades y de los espacios públicos en el sano desarrollo de los niños. El entorno para la infancia es de tal importancia que en el Artículo 31 de la Convención de los Derechos del Niño «los Estados Partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes» [4]. En ésta línea, la UNICEF puso en marcha en el año 1996 «la Iniciativa de las Ciudades Amigas de la Infancia», con el objetivo de garantizar mejores condiciones de vida y desarrollo para niños y niñas a partir de políticas municipales enfocadas en los derechos. Por tanto, así como todos los niños y niñas tienen derecho a la vivienda y al acceso a servicios para el desarrollo de una vida plena, el espacio para el juego es también un derecho y una función que deben cumplir las ciudades.

Niños jugando. Alameda Central, Ciudad de México. Fuente: Archivo personal.

Niños jugando. Alameda Central, Ciudad de México. Fuente: Archivo personal.

Sin embargo, el juego en el espacio público es una actividad que se ha visto restringida de distintas formas: ordenanzas que prohíben el juego en las calles, la inseguridad, modelos de consumo que han determinado nuevas formas de juego (principalmente en espacios interiores) y nuevas formas de uso del tiempo libre. En la historia urbana, las ciudades siempre han tenido un carácter gregario y las calles no siempre permitieron el juego, éste estuvo relegado al patio del colegio o al campo. Con la modernidad tampoco cambió mucho la dinámica, y a pesar de casos puntuales pero ejemplares como los famosos playground del siglo XX que se desarrollaron en base al concepto del juego como elemento de sutura socio-urbana, los espacios lúdicos se han proyectado en serie, a partir de estrictos estándares de seguridad y relegados a determinados metros cuadrados: el parque infantil.

Estos espacios producidos en serie, por bien intencionados —y en algunos casos necesarios— no dejan de ser modelos que alejan a los niños de la improvisación y del contacto con una dimensión más amplia de lo urbano; por lo que la actividad lúdica libre y espontánea está condicionada. De aquí que el parque en su forma estandarizada, pese a su carácter positivo y más allá de cubrir una necesidad, tenga una connotación rígida dentro de la programación urbana. Éste modelo se contrapone a la idea que tenía Aldo van Eyck de los espacios para el juego; él pensaba que estos debían estar integrados en las calles y plazas, de modo que sus elementos —las estructuras, objetos y artilugios para el juego— se diluyeran en el paisaje urbano.

Los Playground de Aldo van Eyck, Amsterdam. Integración de elementos para el juego en el espacio de la calle. Fuente: play-scapes.com

Los Playground de Aldo van Eyck, Amsterdam. Integración de elementos para el juego en el espacio de la calle. Fuente: play-scapes.com

Decía Robert Moses, el controvertido «master builder» de New York, que «los parques son un símbolo visible de la democracia», en un contexto en el que, paradójicamente, se venía configurando una ciudad sin espacios para el encuentro. Con argucia se vendió la idea de libertad, mientras los espacios segregaban. En base a este argumento, el diseño de las zonas de juego ha seguido la pauta de la estandarización en un proceso de desconfiguración de las relaciones naturales con el contexto. Es así como cada día los niños son transportados de un espacio a otro como si de una travesía intergaláctica se tratara: de la casa al parque y del parque a la casa, —así como sus padres lo hacen en auto: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa.

(…)

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*Éste artículo fue escrito por Sabrina Gaudino Di Meo para el blog de Arquitasa