Huertos urbanos: conciencia ambiental y ciudades verdes

Un artículo que escribí para el blog de Arquitasa. Al final del texto encontrarán el link para leer el artículo completo.


Huertos urbanos en Benimaclet. Fuente: valencianews.es

Huertos urbanos en Benimaclet. Fuente: valencianews.es

Integrar la agricultura urbana en las ciudades es un desafío frente a la creciente urbanización en un contexto de crisis económica, ambiental y alimentaria. Esto supone implicación y acción por parte de gobiernos, instituciones y organizaciones, así como la dotación de recursos e infraestructura a las ciudades para introducir huertos urbanos implementados como instrumento potenciador de espacios verdes, conciencia ambiental e integración social. Por otro lado, en el escenario actual es necesario replantear la productividad del territorio y el gasto energético, factores que desde el paradigma ecológico hacen más que evidente la necesidad de desarrollar la infraestructura verde urbana.

La agricultura forma parte del metabolismo social pues es uno de los rubros de sustento vital y económico, sin embargo y pese a su importancia somos ajenos a este proceso. Aunque hace poco más de un siglo se cultivaba dentro de las ciudades, en el imaginario colectivo de buena parte de los habitantes de las metrópolis el origen de los alimentos es desconocido porque la agricultura pasó hace mucho tiempo a ser una actividad segregada de la ciudad como parte del saneamiento de los centros urbanos, la zonificación y las dinámicas productivas de la postguerra. Pero el desarrollo también tiene sus contradicciones, a medida que las ciudades crecen se reduce el territorio disponible para cultivar y los espacios naturales que configuran la infraestructura verde; las ciudades ocupan grandes extensiones de territorio al tiempo que concentran más de la mitad de la población mundial. Además, la propia industrialización y tecnificación de la actividad agraria en países desarrollados desvió progresivamente el interés de la agricultura como fuente de empleo hacia otros campos productivos.

Encontramos ejemplos de huertos urbanos en distintas ciudades del mundo, desarrollados como instrumentos para la cohesión social, la reactivación del espacio público, el ocio o la educación ambiental. Sin embargo, la práctica de la agricultura urbana se desarrolla desde hace décadas; en países como Francia, Alemania, Reino Unido, Canadá y Estados Unidos es una práctica arraigada en comunidades que se benefician del autoconsumo y de una buena calidad ambiental y paisajística de su entorno. En países en vías de desarrollo los huertos urbanos suponen una de las principales fuentes de sustento alimentario y económico de miles de familias. Según los datos que suministra la FAO la agricultura urbana y periurbana se practica por casi 800 millones de personas a nivel mundial, una actividad que produce el 30% de los alimentos que se consumen en las ciudades [1]. Pero son datos que hay que matizar en relación a los niveles de desarrollo y las condiciones socio-económicas de cada país, puesto que en las regiones más pobres del mundo la agricultura urbana es el único recurso para acceder a alimentos y representa una de las principales ocupaciones laborales.

Es evidente que la infraestructura urbana supone beneficios para la ciudad, pues el verde como equipamiento dota de servicios y cumple funciones ecológicas, sociales y económicas. Los huertos urbanos —parte de la infraestructura verde productiva y como estrategia de regeneración— son un medio para activar el espacio público desde la participación ciudadana. Es por esto que los huertos en las ciudades responden a múltiples funciones: aumentan la calidad ambiental, mejoran la calidad del paisaje, permiten recuperar o conservar el paisaje tradicional. Desde la perspectiva educativa, los huertos urbanos son una oportunidad para la educación ambiental, para acercar la agricultura a la ciudadanía y para fomentar o recuperar las tradiciones agrícolas y ecológicas. Sobre estas bases la introducción de la agricultura en la ciudad puede contribuir a: potenciar el interés en la agricultura como opción laboral; generar la autosuficiencia alimentaria; crear modelos de microeconomía local para acercar los alimentos a los ciudadanos y potenciar la producción autóctona, lo que supondría, por ejemplo, una reducción del gasto energético por transporte.

Accede al artículo completo aquí 

 

*Éste artículo fue escrito por Sabrina Gaudino Di Meo para el blog de Arquitasa

 

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