Obra y Crítica

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La tumba de Oscar Wilde,
obra del artista Jacob Epstein.
Fuente: http://www.epdlp.com/cuadro.php?id=345

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Oscar Wilde. “El crítico como artista”.

En el discurso entre Gilbert y Ernest existen dos posturas, una que se muestra tímida (Ernest) ante lo arremetido del diálogo de Gilbert.

Gilbert es como muchos pensarían un artista frustrado, pero en el más superficial análisis de sus pensamientos. La frase que cita: el que critica lo hace porque no sabe hacer, es de amplio uso popular, pero en definitiva un simple dicho coloquial. Por un momento, en medio del discurso, da la sensación de que Gilbert siente un enorme recelo respecto al hecho creativo y pone en duda su posición ante la crítica, es decir, como un farsante. Si duda el conocimiento hace al crítico y asombra su capacidad de recopilación de información, Gilbert se transforma en un crítico, en un espectador de la historia y del proceso creativo a través del tiempo.

Crítico y Creador son las dos caras de una moneda, el uno hace al otro, uno trabaja para el otro, una armónica simbiosis que se nutre constantemente y que llega a transformarse  en el deseo carnal más apetecible, la espera de lo nuevo, la espera de la creación del artista para ser deleitado por el crítico, éste que imagina, que se mantiene a la expectativa ante un nuevo desafío, todo un acontecimiento.

Como en la naturaleza estas situaciones son parte del equilibrio del universo, lo mismo ocurre en el arte, un universo infinito e impredecible, lleno de sensaciones abstractas que le dan al crítico un espacio para ser, para deleitarse, digerir y luego expulsar aquello que ha sentido, aquello que le ha producido tal obra.

El artista necesita del crítico, éste es, inconscientemente, su inspiración, su motivo para actuar; en muchos casos los artistas no dependen del crítico, no buscan una conciencia que los defina o los analice, actúan como autocríticos, como si crearan sin depender del que les observa, este es otro caso, pero siempre existe el crítico, aunque sea el mismo yo, o el otro yo.

El espectador, el mejor crítico, el que se detiene frente al tiempo para analizar, para absorber lo mejor de todas las creaciones. Este no hace más que observar, y esto como se comenta en el discurso es lo más difícil, claro, no desde el punto de vista de no hacer nada, sino de no hacer más que ver. El hecho de “no hacer nada” es en términos muy particulares, trasciende del común denominador, es una situación, un estado de conocimiento total del espacio, del entorno, del universo, donde la inercia reclama su lugar.

(…) “La inercia lo aplasta a uno. El fruto directo, legítimo inmediato de la conciencia es la inercia, es decir, el no hacer nada a conciencia”. F. Dostoievski.

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